Dra. Leticia Soberón - La comunicación eclesial en la cultura digital

Mons. Claudio María CelliLa comunicación eclesial en la cultura digital - Dra. Leticia Soberón M.
Encuentro de Comunicadores Diocesanos
“Las nuevas tecnologías al servicio de la Pastoral de las Comunicaciones”

Ante todo muchas gracias a Mons. García y a sus colaboradores por la invitación que me hizo para estar con ustedes en este Encuentro Diocesano. Me alegra muchísimo poder participar y sentirme cerca en este espacio de reflexión.

Cuando el 12 de octubre de 1492 Colón llegaba a las costas de “La Hispaniola” (hoy Santo Domingo), la gente que vivía en Europa continuó su vida cotidiana, yendo al mercado, cultivando el campo, etc. Y los pueblos que habitaban las distintas regiones de América realizaba sus actividades sin saber que el mundo había cambiado para siempre. Al cabo de pocos meses o años una ola de eventos inesperados, conflictos y novedades, demostró que estaban presenciando -y protagonizando- el nacimiento de una nueva época histórica.

Esto mismo está pasando con nosotros. Quizá haya personas, instituciones, comunidades, que siguen viviendo como hace 40 años, igual que si nada hubiera pasado. Aún no les llega la ola que está cambiando para siempre la faz del mundo y que afectará, tarde o temprano, todos los aspectos de su vida. No es que se esté acabando el mundo, pero sí se está acabando una forma de cultura y organización social, y naciendo otra, donde la comunicación mediada por tecnología es clave en la vida cotidiana, donde la información es invidente, todos pueden ser creadores de contenidos y se hacen más necesarias que nunca unas “claves de lectura” que ayuden a jerarquizar y seleccionar la información.

La Iglesia, comunidad de creyentes que peregrinan en cada momento histórico, está en el mundo aunque no pertenezca a la lógica del mundo. Hoy está inmersa como el resto de sus contemporáneos en esa transformación que afecta a todos, y le cuesta verla con perspectiva. Pero, como señalaba el Concilio Vaticano II, “los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón.” (Gaudium et spes, 1)

Ahora bien. ¿Cómo impacta todo esto a la actividad comunicativa y misionera de la Iglesia? ¿Qué debemos hacer? Los Pontífices y los Obispos nos van marcando el camino. El Papa Juan Pablo II, durante cuyo pontificado nace Internet, tenía las ideas muy claras cuando en 1990 señaló en Redemptoris missio n. 37 que el mundo de la comunicación está convirtiendo a la humanidad en una aldea global. Y advirtió que «no basta usar los medios para difundir el mensaje cristiano y el Magisterio de la Iglesia, sino que conviene integrar el mensaje mismo en esta “nueva cultura” creada por la comunicación moderna. (…) Esta cultura nace, aun antes que de los contenidos, del hecho mismo de que existen nuevos modos de comunicar con nuevos lenguajes, nuevas técnicas, nuevos comportamientos psicológicos.» Al final de su pontificado, en El Rápido Desarrollo, dice claramente: «¡No tengáis miedo a las nuevas tecnologías!, ya que están “entre las cosas maravillosas” –“Inter mirifica”– que Dios ha puesto a nuestra disposición para descubrir, usar, dar a conocer la verdad, incluso la verdad sobre nuestra dignidad y nuestro destino de hijos suyos, herederos del Reino eterno. » Por lo tanto, adelante.

Y el Papa Benedicto XVI ha continuado esta trayectoria con un Magisterio valiente, que nos abre a un diálogo con la sociedad actual sin complejos, pero sin prepotencia, con sencillez y valor al mismo tiempo, para escuchar y ofrecer nuestro testimonio de creyentes. En América Latina los Obispos congregados en Aparecida han lanzado la misión continental, que a fin de cuentas es comunicación y requiere toda nuestra creatividad de bautizados. Y durante nuestro Congreso sobre Iglesia y cultura digital, quince obispos del Continente, con Mons. Celli a la cabeza, nos animaban a aterrizar en forma de servicios toda esta riqueza de reflexión.

Así pues, intentaré sugerir algunas pistas sobre cómo podemos aplicar a la vida cotidiana lo que nuestros Pastores nos animan a hacer, sin pretender agotar las amplias posibilidades creativas que se abren ante nosotros.

En primer lugar, nada de lo que hagamos tendrá sentido si no somos personas de fe, profundamente enraizadas en Cristo, en la oración, el silencio, los sacramentos y la comunión de la Iglesia. Paradójicamente, la “cultura de la imagen” es sumamente sensible a la autenticidad. Uno comunica, tarde o temprano, lo que realmente es, lo que lleva en el corazón. Nada hay escondido que no llegue a saberse. «Cuando se intercambian informaciones, las personas se comparten a sí mismas, su visión del mundo, sus esperanzas, sus ideales. Por eso, puede decirse que existe un estilo cristiano de presencia también en el mundo digital, caracterizado por una comunicación franca y abierta, responsable y respetuosa del otro. Comunicar el Evangelio a través de los nuevos medios significa no sólo poner contenidos abiertamente religiosos en las plataformas de los diversos medios, sino también dar testimonio coherente en el propio perfil digital y en el modo de comunicar preferencias, opciones y juicios que sean profundamente concordes con el Evangelio, incluso cuando no se hable explícitamente de él. » (Benedicto XVI, Mensaje para la JMCS 2011).

Dicho esto, diría que hay al menos dos ámbitos de cambio: los aspectos organizativos con la comunicación interna, y la comunicación externa con diversos lenguajes y formatos.

Aspectos organizativos y comunicación interna

Ya el Documento de Santo Domingo decía que “la Evangelización, anuncio del Reino, es comunicación para que vivamos en comunión” (N. 278). El Papa Benedicto XVI nos invitaba recientemente a “promover una cultura de respeto, de diálogo, de amistad” (Mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales 2009). No se trata sólo de promoverla hacia fuera. Sólo si la vivimos dentro de la Iglesia se extenderá también hacia la sociedad, como el fermento en la masa. Por su parte, el Documento de Aparecida usa la expresión “conversión pastoral”. No basta repensar el formato de nuestros mensajes, sino que toda la organización de nuestras oficinas debe orientarse a la misión eclesial.

Hasta hace poco tiempo, estábamos acostumbrados a que cada área de pastoral trabajaba desde su despacho, con una comunicación intensa hacia sus destinatarios externos pero muy escaso contacto con las otras áreas internas de pastoral y servicios. Este aislamiento se evidencia cuando pocos dentro de la institución saben lo que hace el vecino y se enteran por la prensa de las iniciativas de los demás… Ello lo perciben los medios, generamos una comunicación ambigua porque se nota la desconexión interna. Es que nuestras estructuras son fruto de la modernidad racionalista y especializada, por compartimentos separados, cuando ya la sociedad está en la post-modernidad líquida, con una gran movilidad de los fenómenos, el trabajo en red y la irrupción comunicativa en los ambientes más reservados de la vida social.

Por ello, esa cultura de respeto, de diálogo y de amistad, en el ámbito interno significa un trabajo en equipo, una vivencia de comunión, una “cultura de red”. Hay que aprender a favorecer el diálogo entre las áreas de pastoral, el intercambio cotidiano y una mesa común de recursos útiles para todos. Quienes de ustedes conozcan un poco la RIIAL, saben que ese es uno de los pilares básicos de nuestro trabajo. En una red, cada entidad sigue teniendo sus carismas y particularidades, debe tenerlos. Pero hay que crear espacios compartidos para crear conocimiento, dar a conocer lo que está haciendo cada área y evitar duplicidades inútiles. Si nos comunicamos mejor internamente, iremos generando un clima más fecundo, más grato y unos rasgos de identidad común (“amor a la camiseta”).

Mons. Celli en el Mutirão de Comunicação 2010: «A nosotros la imagen de la red nos evoca otra mucho más profunda y vital: la Iglesia como cuerpo, el Cuerpo místico de Cristo. “Del mismo modo que el cuerpo es uno, aunque tiene muchos miembros, y todos los miembros del cuerpo, no obstante su pluralidad, no forman más que un solo cuerpo, así también Cristo.”. (2Cor 12, 4-21). Somos un cuerpo vivo, animado por el Espíritu Santo, y ninguno de los miembros de la Iglesia debe estar excluido y olvidado. La comunicación es para la promoción de la comunión. Y hemos de expresarla y promoverla desde dentro de las comunidades mismas. La comunicación interna de nuestras comunidades es un aspecto que no podemos descuidar.»

Al servicio de la comunicación interna entre los Obispos, la RIIAL ha suscitado el servicio Episcopo.net, una plataforma especialmente dedicada a ellos y sus colaboradores más inmediatos. Está ahora afinando sus últimos detalles para poder ser lanzada próximamente.

Comunicación externa: lenguajes y soportes para llegar a todos

Cuando una institución comunica algo hacia fuera de sí misma, debe tener claro a quién se está dirigiendo. No hay que confundir comunicación institucional con catequesis y con evangelización. Estas últimas suponen un interés y una respuesta libre, al menos inicial, al mensaje de la fe. Por ello los mensajes dirigidos a la comunidad de los creyentes pueden usar algunos términos conocidos a los cristianos (atención si se trata de jóvenes y niños, que tienen otros lenguajes). Pero si se trata de comunicación institucional en la que una Conferencia Episcopal, una diócesis, una parroquia, expresan su ser, sus valores y sus actividades a periodistas o la sociedad en general, no podemos dar por hecho que comprenden nuestros términos especializados. Las notas informativas deben ser claras y breves, ojalá con historias bien contadas sobre eventos y actividades beneficiosas para la sociedad. Contienen elementos de “buena noticia”, aunque no son directamente “la” Buena Noticia. Tampoco son publicidad ni mercadeo, aunque incorporan algunas de sus estrategias.

Muy recientemente la Iglesia se está abriendo a una difusión multiplataforma, con variedad de formatos para que el mensaje alcance a las personas allá donde estén. No hemos abandonado, ni abandonaremos, el encuentro cara a cara, la comunicación oral, la hoja de papel, pasando por la radio, la TV y la web, hasta llegar a las redes sociales. Hemos de alcanzar a todos, y establecer un diálogo usando todos los soportes. En última instancia se trata de favorecer que las personas tengan un encuentro con Jesucristo vivo, que se hagan libremente discípulos suyos.

Pero para lograrlo hoy, el modo comunicativo incluye la interactividad. En este encuentro ustedes irán estudiando cómo lograrla, pues estamos apenas en los albores de una apertura al diálogo social en estas formas capilares. Tomando en cuenta que, como dice el Papa, “hemos de tomar conciencia sobre todo de que el valor de la verdad que deseamos compartir no se basa en la “popularidad” o la cantidad de atención que provoca. Debemos darla a conocer en su integridad, más que intentar hacerla aceptable, quizá desvirtuándola. Debe transformarse en alimento cotidiano y no en atracción de un momento.”

Quiero terminar con una cita hermosa que le oí al P. Franco Lever, profesor de la Universidad Salesiana en Roma. La comunicación es un acto de amor, según el profeta Isaías (62,1): “Por amor de mi pueblo no callaré, y por amor de Jerusalén no me estaré quieto, hasta que salga su justicia como resplandor, y su salvación se encienda como antorcha.”

Que comuniquemos con amor y por amor, para que el mundo crea.
Muchas gracias.
Dra. Leticia Soberón M.